El joven hizo como se le mandó. Entró en la estrecha callejuela y se acercó á la ventana. Un minuto después una linda frente coronada de cabellos rubios se apoyaba en la reja.
—¿Cómo estás aquí?
—He venido á la feria para mercar una yegua.
—¡Qué salto me dió el corazón cuando oí tu voz! Temía engañarme. Por esa aguardé á que cantases otra vez, pero te había oído muy bien la primera. ¿Y cómo han quedado todos allá arriba?
—Buenos y recordándote sin cesar... ¡No sabes cuánto llora la tía Felicia!
—¡No será más que yo!—exclamó sordamente la joven.
Hubo algunos momentos de silencio.
—¿Cuándo piensas marcharte?
—Mañana bien temprano.
—¿Y te ibas sin darme aviso de que estabas aquí?