Nolo vaciló y dijo sonriendo melancólicamente:

—Pensaba que no te importaría mucho el verme.

—¿Y por qué pensabas eso?—preguntó con inocencia Demetria.

—Porque... porque tú eres una señorita y yo no soy más que un pobre aldeano.

—¡No esperaba eso de ti, Nolo!—exclamó ella cerca de romper á llorar.—¿Te he dado algún motivo para sospechar que no te estimaba como antes? ¿Has sabido de alguno de por allá á quien no le haya hablado como siempre cuando le vi por aquí? ¿Piensas que soy señorita, que visto este traje por mi gusto?... No, si pudiera no lo vestiría... ¡Desde que vine á este pueblo soy tan desgraciada!... ¡Si supieras, Nolo, qué desgraciada soy!

Y no pudiendo más tiempo retener sus lágrimas las dejó correr. Á Nolo se le humedecieron también los ojos por el acento verdaderamente desesperado con que la joven pronunció las últimas palabras. Cuando ésta se hubo desahogado un poco dijo en voz baja secándose las lágrimas.

—Bien está, Nolo; vete con Dios. Cuando veas á mis padres... cuando veas á mis padres díles que el día menos pensado me planto en Canzana, que un día ú otro me escaparé porque no puedo sufrir más...

—¿Es de veras eso?—exclamó Nolo en el colmo de la sorpresa.

—¡Y tan de veras!... No lo he hecho ya porque no he tenido ocasión para ello.

El mozo permaneció silencioso. Al cabo preguntó con timidez: