—¿Te atreves á venirte conmigo?
Demetria guardó silencio también. Después profirió con firmeza:
—Sí; me atrevo.
—Pues ya está dicho todo—exclamó el mancebo recobrando su carácter resuelto.—Mañana bien temprano tomamos el camino de Laviana.
—Mañana no; esta noche. De día llamaríamos demasiado la atención y nos detendrían.
Nolo quedó admirado, aunque ya conocía el valor y la firmeza de su amada en los casos difíciles.
—Espera—siguió ella,—esta noche voy con mi tía Rafaela á un baile en casa de Valledor... un caballero que vive frente á la Fortaleza en el paseo de Porlier... Cualquiera te podrá dar razón de la casa... Iremos á las diez, poco más ó menos. Espérame en el portal. Yo buscaré un pretexto cualquiera para salir del salón y tomaré la escalera... Ten el caballo aparejado donde mejor te parezca... ¿Crees que podrá llevar á los dos?
—¡Ya lo creo que podrá! Es el Lucero.
—¡Ah, es el Lucero!—exclamó ella con alegría.—Adiós, que ya me están buscando. No faltes... Aunque tarde mucho, aguarda siempre en el portal... Adiós, hasta luego.
Nolo se apartó de la ventana lleno de gozo y de zozobra al mismo tiempo. No se le pasó por la imaginación que aquel paso arriesgado pudiera tener consecuencias graves para ambos: era demasiado valeroso para pensar en el resultado de sus acciones. Lo que temía era que Demetria se volviese atrás después que hubiera reflexionado ó que le fuera imposible realizar lo que proyectaba.