—Cerca de la cabaña de Pepa la Pura.

Esta Pepa la Pura era una mujer á quien, apenas muertos sus padres, cuando contaba veinte años, sus dos hermanos varones arrojaron de casa. La desgraciada, en vez de expatriarse ó ponerse á servir de criada, prefirió marcharse al monte. Y dando pruebas de una energía maravillosa, casi sobrenatural, construyó por sí misma ó ayudada solamente de algún vecino caritativo una choza para guarecerse: se puso á cultivar la tierra baldía. Con esto y con algún jornal que solía ganar en Canzana ayudando en sus labores á los vecinos se había podido mantener. Aunque habitaba enteramente sola y cuando joven era bella supo defender su honestidad tan bravamente que los mozos de la parroquia le pusieron por sobrenombre la Pura y este apodo le quedó. Ahora ya era vieja, aunque no tanto como aparentaba. Los rudos trabajos, las privaciones y la acción de la intemperie habían arrugado su rostro antes de tiempo.

Al acercarse á su choza pudieron verla al través de la puerta entreabierta. Estaba lavando la pobre escudilla en que había cenado y disponiéndose para acostarse en el mísero camastro que ocupaba la mitad de su vivienda. Felicia la llamó.

—¿Quién va?-preguntó ella sin mostrar susto alguno y dirigiéndose á la puerta.—¡Ah, eres tú, Felicia!... ¡y tú también, Nolo!... ¿Qué viento os trae por aquí?

La pobre Felicia se echó á llorar sin responderle. Nolo dijo:

—Demetria ha desaparecido desde esta tarde y nadie sabe dónde se encuentra. ¿Sabes tú algo?

—No, no... yo no sé nada.. ¿Cómo quieres que sepa?—respondió con agitación.

—El castañar donde fué por hoja no está lejos de aquí: pudieras bien haberla visto...

—No, no... yo no la he visto... Yo estuve todo el día sallando el maíz ahí arriba... ¡No la he visto, no!...

Si Nolo estuviera dotado de más perspicacia ó malicia no le hubiera pasado inadvertido el aturdimiento de la Pura. Pero nada echó de ver y cuando aquélla les invitó á descansar un momento aceptó y entraron. La tía Felicia tenía en verdad necesidad de reposo. Pepa la agasajó y la consoló cuanto pudo. Se comprendía que las lágrimas de la desdichada madre le hacían daño. Se había puesto pálida y temblorosa. Cuando al fin salieron de la choza les acompañó un rato. Felicia quería proseguir sus investigaciones, mas Nolo se opuso resueltamente á ello: sobre ser inútil, el estado de fatiga en que se hallaba no lo permitía. Por la mañana bien temprano volverían á comenzar.