Según caminaban por el monte abajo, la Pura se había ido quedando un poco rezagada. Tiró un poco de la manga de la camisa á Nolo y acercándose á su oído cuanto pudo le dijo en voz apenas perceptible:

—Tengo que hablarte... Vuelve en seguida.

Turbado quedó el mancebo. Acompañó en silencio hasta Canzana á la que pronto debía de ser su madre y se despidió de ella á la puerta de casa. ¿Cómo? ¡Eso no podía ser! Felicia quería á todo trance retenerle y que durmiese aquella noche en Canzana. Nolo se obstinó en volverse á la Braña, pretextando que nada había dicho á sus padres y podían estar con cuidado. Mañana al amanecer volvería para continuar la busca de Demetria. No fué posible á la buena mujer convencerle. Se despidió de él llorando y de este modo entró en la casa.

Nolo permaneció un instante fuera. Luego, en vez de tomar el camino de la Braña, se salió de la aldea á toda prisa por el extremo opuesto. Buscó el sendero del monte y se emboscó por los castañares que en aquella hora estaban lóbregos y medrosos. El mozo los atravesaba con paso vivo y resuelto, más emboscado aún en sus propios pensamientos y recelos. La primavera, pródiga siempre en aquel valle, amontonaba la hoja en los árboles y la fronda de los helechos en el suelo, de tal modo que ni un rayo de luz penetraba en los parajes que recorría. Pero Nolo era hombre de las montañas y si no conocía los senderos los adivinaba.

Cuando salió de los castañares y se encontró en el monte descubierto, el resplandor pálido de las estrellas le pareció una gran iluminación. Con paso aún más rápido ascendió en poco tiempo hasta divisar la cabaña de la Pura. No vió luz y le sorprendió, porque contaba que le estuviese esperando. Se acercó: la puerta estaba cerrada. Detúvose, un momento lleno de confusión y al cabo llamó dando un golpe.

—¿Quién está ahí?—preguntó la mujer como si despertase sobresaltada.

—Soy yo, Pepa.

—¿Quién es?—volvió á preguntar como si no le reconociese.

—Soy yo, Nolo.

—Perdona, Nolo, pero ya estoy en la cama.