—¿Y por qué no has hablado así cuando saliste de la mina?
—Te he dicho que pensé haberlo muerto. Temía que me llevasen presa...
Nolo, cejijunto, sombrío, se obstinó en callar. Demetria le miró largamente.
—¿De modo que no me crees?
—¡No! ¡No te creo, Demetria!—manifestó impetuosamente el joven.
El rostro de la doncella se cubrió de intensa palidez. Permaneció algunos instantes inmóvil y muda. Luego dijo con voz enronquecida:
—Pues bien, Nolo, mi vida dará testimonio de la verdad que te he dicho. Adiós.
Y sin que el mancebo pudiera evitarlo porque estaba mirando á otro lado se dejó caer hacia atrás en medio del río. La corriente la arrastró velozmente. Nolo se precipitó en pos de ella. Flora gritaba y quería arrojarse igualmente, pero el barquero la retuvo.
La corriente en aquel sitio, aunque viva, no era impetuosa. Nolo nadaba con todas sus fuerzas para alcanzar á su amada antes que llegase al sitio donde el río se precipitaba en torbellino semejante á una cascada. En efecto, la alcanzó; pero al tocarla con la mano ya no pudo sostenerse él mismo y ambos rodaron envueltos entre las rugientes espumas del agua. Felizmente Nolo no perdió el conocimiento. Cuando llegaron á otro remanso pudo á costa de grandes esfuerzos acercarse á la orilla y asirse de la rama de un árbol, teniendo sujeta á Demetria con la otra mano.
La sacó del agua sin sentido y la dejó sobre el césped esperando á que llegasen Flora y el barquero. Pero antes que esto acaeciese Demetria abrió los ojos y dibujándose en ellos una sonrisa triste dijo: