—Sí, estate calladito y no me digas las simplezas que me ensartaste el día pasado en Rivota.
Jacinto bajó la cabeza y permaneció en pie y silencioso. Su rostro terso de adolescente expresaba profunda tristeza. Ambos, callados y taciturnos, contemplaron largamente la hoguera que Linón atizaba pausadamente.
Pero la morenita concluyó por impacientarse de este silencio.
—¿Por qué no bailas, Jacinto?
—Porque á mí sólo me apetece bailar contigo.
—Pues entonces puedes sentarte y esperar, porque va para largo.
—¿No me quieres por pareja?
—Sí, pero más tarde... el día en que principies á afeitarte.
—¡Qué picante eres, Flora!—exclamó el zagal poniéndose colorado.
—¿No ves, querido—manifestó la muchacha soltando una carcajada,—que con esa carita tan blanca y sonrosada va á parecer que bailo con otra mujer disfrazada?