El mancebo se sintió herido en lo profundo del alma y guardó silencio. Al cabo de un rato Flora le clavó una mirada entre compasiva y maliciosa y dijo sacando de la faltriquera un puñado de avellanas tostadas y ofreciéndoselas:

—Toma: come esas avellanas, á ver si se te quita el enfado.

Jacinto las rechazó con digno ademán.

—¿No las quieres?... Bien, pues harás que coja un empacho, porque llevo ya comido un celemín de ellas.

Y se puso á cascarlas con sus blancos y menudos dientes.

—No sé por qué te enfadas—prosiguió al cabo de un instante.—Ya debías estar acostumbrado á mis cosas... Tú, Jacinto, te empeñas en comer los higos cuando están verdes y ¡claro! no tiene más remedio que saberte agrios.

—¡Eres tan despreciativa, Flora!

—¡Mejor que mejor! ¿No has oído cantar á los ciegos esta copla:

Morena tiene que ser
la tierra para claveles,
y la mujer para el hombre
morenita y con desdenes?

Y riendo como una loca se puso á charlar con su amiga Demetria, dejando al buen Jacinto afligido y hechizado al mismo tiempo.