—¿Y eso qué importa?—profirió Juan más enfurecido.—Porque un pelafustán se muera ¿va á dejar el concejo de aprovechar la riqueza que tiene bajo tierra?

—¿Pero me lo niegas?

—No te lo niego.

—Pues bien, por la muerte de un hombre se pierde una familia. Ya sabes que cuando falta el padre se marcha el pan; la mujer y los hijos perecen. ¿No me lo negarás?

—No te lo niego: ¡adelante!

—Por la ruina de una familia se pierde un caserío; tampoco me lo negarás. Ya ves lo que sucedió en las Llanas. En cuanto el tío Roque cerró el ojo, los rapaces vendieron al capitán los prados y las tierras y embarcaron en Gijón para la Habana: las rapazas se fueron á servir á Oviedo: el tío Meregildo, que mientras vivió su hermano fué buen paisano, comenzó á dormir en las tabernas hasta que hundió lo que tenía... En fin, ya lo sabes; allí ya no hay más que unos cuantos establos.

—Bien, bien, ¿qué quieres decir con eso? Arrea un poco.

—¡Ten paciencia, hombre, ten paciencia! Verás qué pronto todo lo que tú has dicho se lo lleva el viento.

—¡Martinán, eres un burro!—volvió á gritar el borracho recalcitrante desde su rincón.

Martinán se volvió tranquilamente hacia él y le dijo: