—Si soy un burro, mándame mañana una fanega de cebada y te daré las gracias.
Los paisanos rieron á carcajadas. Todos le abrazan hechizados por tan espiritual salida.
Martinán, henchido de orgullo y regodeándose anticipadamente con la derrota de aquellos bobalicones, iba á proseguir y cerrar su victorioso sorites, cuando de pronto se abre con estrépito la puerta que daba á la Bolera y aparece Bartolo, el hijo belicoso de la tía Jeroma, con el rostro espantosamente pálido, sin garrote en las manos y sin montera en la cabeza. Echó una mirada torva y ansiosa por el recinto, y antes que los presentes pudiesen decirle una palabra, corrió á un tonel vacío y se metió de cabeza por la pequeña compuerta, desapareciendo como un relámpago. No habían pasado cinco segundos cuando se dibujó en la puerta la silueta de Firmo de Rivota.
—Buenas noches, amigos.
—Buenas las tengas, Firmo.
—¿No ha entrado aquí hace un momento Bartolo el de la tía Jeroma?
Martinán, dando prueba brillante de diplomacia y corazón, le respondió:
—Sí; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y se ha metido en la pomarada.
Firmo quiso seguirle. Martinán le dijo:
—Es inútil que le busques. La pomarada está más oscura que una cueva y tú no la conoces como él. Antes que dieras muchos pasos en ella ya él la habrá saltado y estará en su casa.