El mozo de Rivota se encogió de hombros con cólera y desdén y profirió sordamente:

—Bueno... otro día será. Échame un vaso de sidra, Martinán.

El tabernero se apresuró á cumplir la orden. Firmo se arrimó para beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos momentos de silencio uno de los paisanos le preguntó sonriendo:

—¿Querías decir un recado á Bartolo?

—Sí, una palabrita al oído nada más—respondió el mozo fijando sus ojos airados en el techo.

Nuevo silencio. Todos le contemplan con atención y curiosidad.

—Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasaré por su casa y se lo diré—manifestó con sorna Martinán.

—No—replicó Firmo,—es menester que yo le vea.—Y después de vacilar un poco añadió:—Es que quiero que me enseñe los pedazos de un garrote...

—Toma, ¿y por eso tienes tanta prisa?—exclamó Martinán riendo.—De noche se ve mal. Déjalo para cuando haga día claro... Además, ¿para qué diablos quieres ver un palo roto?

—Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ahí enseñando los cachos á todo el mundo.