—¿Á todo el mundo menos á ti?

—¡Claro!... Y ya ves tú, ¿quién ha de tener más gusto que yo en ver cómo ha quedado ese vardasco?

Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humanizó y bebió sonriendo otro vaso.

—Acaso te habrán engañado, Firmo—manifestó uno de ellos.—Bartolo es un infeliz, incapaz de hacer daño á nadie.

—¡Bartolo es un burro!—profirió el mozo volviendo á encresparse.—Y más cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay ningún zampatortas más que él. Por eso es el único que chilla. Siempre relatando hazañas y en cuanto tocan á repartir leña ya se está escondiendo...

—¿Cómo escondiendo?—exclamó Martinán.—Estás equivocado, Firmo. Nunca supe yo que Bartolo se haya escondido.

Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.

—¡Siempre, siempre!—dijo Firmo con ímpetu.—En la romería del Obellayo se acurrucó en una mata de zarza y allí se estuvo mientras hubo palos. Ayer noche, al comenzar la gresca, buscó la puerta de su casa y se trancó. Y hoy, antes que le alcanzara ningún vardascazo, se echó por el castañar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.

—¿Y cómo diste con él?

—Llegábamos unos cuantos amigos de correr á los de Villoria, cuando vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. «Así Dios me salve si aquél no es Bartolo», dije yo en seguida. Le conocí, aunque la noche no está muy clara, por lo derrengado. Me echo á correr detrás y le grito: «¡Aguarda, aguarda un poco, Bartolo!» ¡Ay, amigos! ¡Quién le veía escapar por el prado del señor cura abajo!... Bien podéis creerme que perdía el culo.