—Todo no, pero un poco no le vendría mal perderlo—aseguró un paisano.
—Sí; aún le quedaría bastante—replicó Firmo.
—Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, ¡vamos!—dijo otro, recalcando el chiste de Martinán.
—Pues que se esconda ó no se esconda—profirió Firmo,—en cuanto le vea le salto todas las muelas. Podéis decírselo á ese zote. Y adiós, que me esperan.
Pagó los dos vasos y terciando la montera para dar testimonio visible de aquella resolución, tomó el garrote que tenía arrimado al tonel y traspuso majestuosamente la puerta.
Los tertulios esperaron á que Bartolo saliese de su escondite; pero viendo que no daba cuenta de sí y temiendo que le hubiera ocurrido algo malo, uno de los labriegos llamó con el garrote sobre el tonel.
—Bartolo, Bartolo.
El rostro del hijo belicoso de la tía Jeroma apareció en la compuerta.
—¿Ya escapó ese cerdo?—preguntó paseando una mirada siniestra por el lagar. Y como le respondiesen que sí, se apresuró á desempaquetarse. Una vez en pie, bramando de ira, se arroja sobre el garrote de uno de los paisanos, se lo arranca de las manos, lo empuña con las suyas indomables y se lanza á la puerta rugiendo:
—¡Puño! ¡repuño! Tanto insulto no lo aguanta el hijo de mi madre. ¡Aunque se esconda debajo de la tierra he de atrapar hoy á ese puerco y le he de abrir la cabeza!