—Somos dos lobos y venimos al olor de la carne—responde cínicamente Plutón clavando una mirada codiciosa en el alto pecho de la doncella.

Ésta se apresuró á abrochar la camisa y respondió con acento de soberbio desdén:

—Si no sois lobos, no parecéis hombres con esas caras negras de infierno.

En efecto, los dos compadres acababan de salir de la mina y venían embadurnados de carbón.

Flora, avergonzada de su cobardía, viendo á Demetria hablar con ellos, volvió sobre sus pasos.

—¡Qué diablo de hombres!—exclamó riendo.—Me habéis asustado.

—De poco te asustas, morena—dijo Joyana acercándose á ella para saciar mejor sus ojos lúbricos. Y poniéndose almibarado, añadió:—Tú sí que me tienes á mí asustado y encogido y muerto con esa carita de cielo y ese garbo y esa sal que derramas...

—¿Que derramo sal?... Prueba esta agua y verás cómo no está salada—repuso la traviesa niña tomando un poco del río con el hueco de la mano.

Joyana quiso probarla, en efecto, pero antes que lo efectuase Flora se la arrojó á la cara. Con esto el minero se alegró mucho más y sonreía haciendo muecas de mono.

—Oye, Plutón: ¿no es verdad que apetece comerse esta manzanita colorada sin mondarla siquiera?