—¡Ay, Plutón!—exclamó Flora soltando una estrepitosa carcajada—¡Ay, Plutón! ¡qué gracia!... ¡Toma, Plutón!... ¡aquí, Plutón!

Y se retorcía de risa, dándose en las rodillas con las palmas de las manos.

—¡De qué te ríes tú, bestia!—profirió el designado por aquel nombre mirándola iracundo.

Flora no hizo caso alguno de su cólera y siguió riendo á boca llena. Por fin dijo:

—Me río porque D. Félix tuvo hace algunos años un perro que se llamaba como tú... Por cierto que rabió y Regalado le mató de un tiro.

—Pues yo, sin rabiar, si te descuidas te voy á clavar los dientes—manifestó Plutón echándole una mirada torva.

—No seas tan valiente—respondió la niña sin perder un punto de su alegría.—¿Y por qué te llaman Plutón? Ese no es nombre de cristiano.

—Porque les da la gana—respondió el minero secamente.

La verdad que él mismo no sabía el origen mitológico de su mote. Su padre, que era guarda de herramientas en la mina de Arnao, cerca de Avilés, tenía en el fondo de ella una caseta de madera donde solía dormir. Allí sorprendieron los dolores de parto á su madre y allí le echó al mundo. Mr. Jacobi, ingeniero alemán, director de la explotación, hombre letrado y no poco bromista, comenzó á llamarle Plutón por haber nacido debajo de tierra, y Plutón le quedó.

—Parece—siguió después el minero, mirándolas á entrambas con sus ojos de fiera traidora—que no os gustan las caras manchadas de carbón... Os alegran más las que están salpicadas de leche y borona como las de aquellos zotes que os acompañaban en la lumbrada del Carmen...