D. Casiano, que estaba en pie, se dejó caer sobre el asiento turbado y abatido.
—Serénese usted, D. Félix... Serénese usted y hablemos en razón—articuló trabajosamente.
—¡Estoy sereno! ¡perfectamente sereno!... ¿Cuándo me ha visto usted perder la serenidad?—vociferó el capitán echando espumarajos por la boca.
—La empresa antes de acudir á la expropiación forzosa... está dispuesta... está dispuesta á dar á usted mucho más de lo que vale.
—¡Dígale usted á la empresa que se meta todo su dinero donde le quepa!...
—Es que...
—¡Es que nada! Hemos hablado ya bastante.
D. Félix hizo un gesto perentorio para imponer silencio y empezó á dar paseos por la plazoleta con la violencia de fiera enjaulada. De vez en cuando salían de su boca temerosas interjecciones y de su nariz resoplidos más temerosos aún. Regalado, los criados y algunos vecinos que por allí cruzaban le contemplaban con asombro y respeto. De vez en cuando dirigían miradas de odio al insolente que le había puesto en tal estado, al mísero D. Casiano. Éste con la cabezota baja maldecía interiormente del instante en que había aceptado semejante comisión.
D. Félix se detuvo repentinamente delante de él y tomándole por la solapa y sacudiéndole le gritó con frenesí:
—¿Sabe usted lo que le digo?... ¡Que antes que un hidepu.. de esos ponga un pie en Cerezangos le meto quince balas de plomo en la cabeza!