—Para ello es necesario entenderse con los dueños de las fincas que atraviese, comprarlas... ó indemnizarles de los perjuicios causados...

Otra vez se detuvo.

—¡Adelante! ¡adelante!

—Y al parecer, la línea debe pasar por el medio de su finca de Cerezangos...

El capitán saltó como si le hubiesen clavado un alfiler.

—¿Qué está usted diciendo?

—El ingeniero así lo ha manifestado á la sociedad y ésta me ha comisionado á mí para que me entendiese con usted—expresó el actuario con alguna vacilación—observando el efecto desastroso que sus palabras habían causado á D. Félix.

—¡Pues yo le digo que me río de esa sociedad, de ese ingeniero y de usted que me viene con semejantes embajadas!—exclamó aquél, aunque sin reirse como afirmaba, sino presa de un furor insano.

—Yo no hago más que cumplir un encargo, D. Félix... La sociedad quisiera entenderse con usted en buena armonía...

—¡Le digo á usted que me río de esa sociedad!—gritó D. Félix enteramente descompuesto.