¡Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no sabía si iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba con terror que después de la caída de Cristina mi corazón mostraba más disgusto de entregarse a otra mujer.

Cuando bajó Matilde después de dejar a los niños en la cama, para salir de aquella situación no muy decente y esparcir un poco la tristeza que me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se aceptó la proposición, y Cristina fué la primera en hacerlo, levantándose del sofá. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual:

—No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas.

Cristina volvió a sentarse a su lado.

—Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. ¿Verdad, Matilde?—dije sonriendo.

Esta e Isabelita me siguieron. Doña Amparo se quedó con su hija y Castell. Salimos por fin al jardín y de allí entramos en la finca, cuyo ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tenía la frente ardorosa y el corazón henchido de lúgubres presentimientos.

XIII

EL parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva: era más grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias en medio del césped, figuraban caballeros envueltos en sus capas, inmóviles y amenazadores.

El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban; los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma emoción parecía que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazón. Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancolía invencible que me oprimía, no puedo menos de ser supersticioso.