—¡Matilde!... ¡Matilde!... ¡Matilde!...
Acto continuo se abrazó a ella y cayó en un ataque de risa convulsiva. Las carcajadas de él, unidas a los sollozos de su esposa y a los lamentos de doña Amparo, formaban conjunto aterrador que contristaría el corazón más duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo reconoce en esta clase de ataques, yo sentía unas ganas atroces de reir. Con mucho trabajo pude reprimirlas. Salí de la habitación y bajé de nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los demás, quedando sólo arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos después estaban ellos también abajo. Cristina dió orden de servir la sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfacción, que Sabas comía con excelente apetito y se mostró, mientras duró la comida, tan alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con los ojos de puro cariño, atenta enteramente a servirle.
Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar café, y, encendiendo un cigarro puro, preguntó a su cuñado si podía disponer del coche.
—¿Pero te vas?—le preguntó su esposa con sorpresa y disgusto.
—Sí, me voy a tomar café al Siglo. No he visto todavía a ningún amigo..... Volveré pronto.
Trató Matilde de retenerle con súplicas «siquiera aquella noche», acariciándole las manos; pero no consiguió más que impacientarle. Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambió de tono, y abrazándola le dijo con acento cariñoso:
—¡Tonta! ¿No me permites que celebre nuestra reconciliación?
Con esto la enamorada esposa quedó ya satisfecha y contenta, y ella misma le puso el sombrero, le quitó el polvo de las botas y le despidió a la portezuela del coche.
Permanecimos de sobremesa algún tiempo. Emilio se fué a acostar, manifestando que sentía sueño: pienso que su vómito debió de alterarle más de lo que decía. Matilde subió a acostar a los niños. Quedamos charlando en un rincón Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell, mientras doña Amparo bordaba en el medio a la luz de la lámpara.
Aquella situación me impresionaba tristemente. Parecíamos dos parejas de novios vigilados por la mamá; y esto, por lo que se refería a Cristina y Castell, no podía menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en aquella mujer, que apenas podía creer lo que veía. Estaba distraído, melancólico, y sostenía difícilmente la conversación con mi futura.