Entonces el prófugo, de pie en medio de la estancia, sintió que las fuerzas le abandonaban. Se llevó la mano a la frente con abatimiento, se doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrás, justamente los necesarios para acercarse al sofá, cayó en él atacado de un síncope. Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fué la última. Al contrario, trémula y afligida, ella fué quien le roció las sienes con agua y le desabrochó el chaleco y la camisa para impedir la sofocación, repitiendo con expresión delirante:

—¡Sabas! ¡Sabas mío...! ¡Perdóname!

Mientras tanto doña Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente, diversos productos químicos de naturaleza volátil y excitante. Los demás procurábamos coadyuvar a la obra medicinal con más o menos modestia, trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire con un abanico al desmayado. La única que permanecía inactiva y no parecía dispuesta a prestar ningún socorro higiénico a su hermano era Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraña severidad. No dudo que esta actitud le parecería a cualquier otro cruel y desnaturalizada. A mí no, porque el amor profundo, insensato que aquella mujer me inspiraba, me hacía encontrar todos sus actos justos y dignos, todos sus gestos adorables.

Al fin Sabas salió del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas veces lo había hecho su mamá antes que él:

—¿Dónde estoy?

—¡Con tu esposa!

—¡Con tu madre!

—¡Que te adora!

—¡Que te idolatra!

Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a la vez sobre sus narices despellejadas. Paseó los ojos extraviados por la estancia, mirándonos a todos como si no nos conociese, y fijándose al cabo en su esposa gritó con espanto: