Sabas reclinó la cabeza sobre el pecho maternal como víctima resignada. Con esto doña Amparo le apretó aún con más fuerza, dispuesta a dar su sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendió al cabo, se arregló la corbata y nos tendió la mano gravemente, en la actitud digna y serena de un general que acaba de capitular después de una resistencia heroica. Fué a saludar a Cristina, pero ésta volvió la espalda y salió de la estancia. Entonces sacudió su cabeza de modo sentimental y nos dirigió una mirada dulce y expresiva. Después elevó sus ojos al cielo pidiendo la justicia que en la tierra se le negaba.
Lo que me causó verdadero asombro fué que su rostro venía terriblemente atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre todo en la nariz. Más que de una escapatoria romántica con la dama joven por el principado de Cataluña, parecía llegar de una expedición científica y civilizadora a través del Africa central.
Doña Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se serenase. No había necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la vez, en aquella ocasión tan crítica, nos impresionó profundamente. Sin embargo, después que hubo bebido el agua, profirió con firmeza asombrosa:
—Necesito ver a Matilde.
Y uniendo la acción a las palabras se dirigió, lleno de majestad, hacia la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le seguimos todos, porque nos sentíamos fascinados por su ademán noble y severo.
La inquietud se apoderó de nuestro espíritu pensando en la escena dramática que iba a desarrollarse. Sabas abrió dos o tres puertas consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaqueó su denodado corazón. Sin proferir una palabra subió al piso principal. Nosotros le seguimos ansiosos.
Matilde estaba en su habitación y con ella Cristina. Al ver a su marido dejó escapar un grito de indignación y se lanzó a otra puerta para huir de nuevo. Cristina trató de retenerla.
—¡Déjame!—gritó con rabia—. No quiero verle.
—¡Matilde, por Dios!—exclamó Cristina abrazándose a ella.
—¡Dejadme! ¡Dejadme...! ¡Entre los dos todo ha concluído!