Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aumentó extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en satisfacerla. Martí se presentó a los pocos minutos y, depositando el sombrero en una silla, preguntó jocosamente:
—¿A que no saben ustedes a quién voy a tener el honor de presentarles?
Todos le miramos con impaciencia.
—Un caballero cuyo nombre comienza con ese.
—¡Sabas!—exclamó Matilde.
Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademán violento, bajó a sus niños de las sillas donde se habían acomodado y, empujándolos rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos.
Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tardó en trasponer la puerta que comunicaba con el jardín, y en pos de ella su interesante propietario. Un grito de doña Amparo. Un abrazo convulsivo después. Lágrimas en abundancia.
Sabas, en brazos todavía de su madre, paseó una mirada vaga y afligida por el ámbito del comedor.
—¡Matilde!... ¡Mis hijos!...—gimió de un modo dramático.
—¡Todos te abandonan menos tu madre!—respondió doña Amparo con acento no menos patético.