Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y misterio. Aunque corrían los últimos días de Septiembre, las flores abiertas exhalaban su perfume en esta región afortunada; los árboles ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el césped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas voluptuosos, románticos, de las violetas, de las rosas, de los heliotropos, venían de la huerta que nos rodeaba otros soplos más densos de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del maíz.

Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los niños de ésta correteaban por el jardín, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz madre los contemplaba con sonrisa melancólica. Castell estaba sentado al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por detrás de un macizo de cañas indias. Ella clavó una mirada en su marido, después en mí, y bajó instantáneamente los ojos con expresión seria y reflexiva. Pero volvió a alzarlos y escrutó con interés la fisonomía de Emilio, mientras éste, sintiéndose observado, charlaba y reía con exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercándose a él, profirió:

—Estás pálido, Emilio. ¿Te sientes mal?

—¿Yo? ¡Qué idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido riendo toda la tarde. El capitán posee un repertorio de cuentos deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores.

No se dió por satisfecha; pero volvió a sentarse, aunque sin quitarle los ojos de encima. Castell hacía esfuerzos por atraer su atención hablándole al oído. La conducta de aquel hombre me parecía el colmo del cinismo.

Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando íbamos a sentarnos a ella entró el criado y, llamando aparte a Martí, le entregó una carta con cierto misterio. Abrióla al instante y no pudo reprimir un movimiento de asombro. Guardóla en seguida, y pidiendo permiso por algunos minutos tomó el sombrero y salió. Nuestra curiosidad estaba excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era visible, preguntó al muchacho:

—¿Quién le ha entregado a usted esa carta?

—Un caballero.

—¿Aguardaba contestación?

—No, señora. Deseaba hablar con el señorito y se quedó detrás de la puerta grande esperándole.