—¡Eres muy original, capitán!... Hay que quererte a la fuerza... Pero confiesa que si no tuviese un temperamento tan práctico y no estuviese acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me harías entrar en aprensión... Afortunadamente, sé a qué atenerme respecto a las fuerzas de mi organismo...
—Mi emoción ha sido producida por la sorpresa—me apresuré a decir para enmendarlo—. Además, no me siento bien estos días: tengo los nervios alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos cuando tú, al parecer, eres un hombre robusto...
—¡Robustísimo! No tengo más que el estómago un poco débil y de vez en cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si así no fuese, ¿cómo podría soportar el inmenso trabajo que pesa sobre mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.?
—Desde luego. Eso no ofrece duda... ¿Y no has sentido hasta hora ninguna alteración o malestar en los pulmones?
Martí dió dos pasos atrás, me miró fijamente, y ahuecando un poco la voz profirió secamente:
—Mis pulmones son los de un atleta.
—¿De veras?
—Los de un gladiador—rectificó sacudiendo su cabellera con gesto de inquebrantable convicción.
Acto seguido se lanzó en un panegírico de su aparato respiratorio, tan entusiasta y caluroso, que no lo haría más elocuente si fuese comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio. Yo le felicité con el mismo entusiasmo por hallarse en posesión de un ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no paró hasta darse puñetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el aria final de Lucía. ¿Quién osaría dudar en adelante de sus vísceras?
Llegamos a casa, él de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de tanto claro testimonio, no podía desechar ciertas aprensiones. Al verle, cuando el camino se estrechaba, marchar delante de mí, sus hombros estrechos, su cuello largo y orejas caídas no me traían a la memoria la figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olímpicos. Me asombraba que unos pulmones tan magníficos como él decía hubiesen buscado tan pobre alojamiento.