Y, caso raro: después de tomada esta resolución no sólo me sentí tranquilo, sino hasta feliz. Parecía que me habían quitado un gran peso de encima. Con sorpresa de Isabel, que se había quedado pensativa por el tono de mis palabras, comencé a mostrarme alegrísimo y chancero como nunca.

Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la conversación como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercándonos a casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallábamos pudimos verlos bien, pues la luz de la luna los bañó enteramente. Observé en seguida que su conversación no era indiferente. Él venía risueño, insinuante, inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al oído. Cristina, pálida, la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por delante de nosotros sin vernos. A él no le oímos porque hablaba muy bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros oídos.

—Todo es preferible ya...

Esta frase, pronunciada con rara energía, nos impresionó vivamente. Isabelita me sujetó con mano crispada la muñeca y se levantó para seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la mía no lo estaba menos. Pero como yo sabía a qué atenerme y me parecía indecoroso entregarle aquel secreto, traté de impedirlo. Fué inútil. La niña se desprendió con viveza y los siguió. Hice lo mismo, con el fin de llamarles de algún modo la atención. Pero cuando acordé en mí ya no vi a Isabelita. Avancé en la oscuridad, que allí se espesaba, guiado solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprendí que Castell y Cristina se habían detenido. Seguí avanzando y noté que estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas de laurel plantadas a pequeña distancia y que en lo alto se entrelazaban. Me acerqué con paso cauteloso. En la parte exterior estaba Isabelita con el oído pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la mano en la boca y me apretó con la otra el brazo de tal manera que me produjo dolor. Quedé estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no podía imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergüenza, callé y me mantuve quieto.

—Quizá usted califique—decía Castell—mi paciencia de algunos años, mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de simple capricho. Quizá suponga que está en ello interesado mi amor propio más que una pasión profunda, irresistible... ¿No podré suponer con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad más que de la virtud?

—Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de mí...

—Ya lo conoce usted—interrumpió Castell—. No puede ser más lisonjero. No he hallado jamás mujer cuya belleza y cuyo carácter me parezcan más interesantes y dignos de admirarse.

Oí un ligero bufido de desprecio y tras de él estas palabras:

—Preferiría que usted me admirase menos y me dejase vivir más tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He consentido en salir con usted y hallarme aquí a estas horas de un modo inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es más cara que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con honor y tranquilidad.

Nadie podrá imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por mí en aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que había llenado de fango la imagen de mi ídolo, huían como negros fantasmas. Volvía a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendió a mi corazón. Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emoción.