—Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algún ser cuya felicidad me interese más que la suya y no lo hallará.
—Es bien poco decir—replicó Cristina con acento sarcástico.
—Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo, ¿verdad? Está usted en un error. Antes de haber quedado preso en las redes de una pasión desgraciada vivía en perpetua curiosidad. Las ciudades, las montañas, el océano y los arroyos, la sociedad, las artes, los amores fáciles, todo me arrastraba y me seducía. Hoy estos objetos son a mis ojos imágenes del hastío. El odio estéril, el desdén que irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompañan a todas partes, me envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han secado menos una... Pero cuando ésta resuena mi ser se estremece, mis facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el día penetra en mi espíritu...
—Diga usted la noche... ¡La noche, que necesita una conciencia oscura!
—La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor ¿Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le diría francamente que mentía. Ningún ratón se ha parado delante del queso; ningún hombre delante de una mujer, por miedo a la conciencia.
—Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecución, y concluirá... ¡vaya si concluirá!
—¿Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza más con ser terca que virtuosa.
—¿Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo.
—Si no existiese en mí más que orgullo, ¿cuánto tiempo hace que hubiera castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazón con un gesto, envenenar el alma y llenarla de cólera rabiosa con una mirada. ¡Qué arte tan perfecto! ¡Qué habilidad exquisita para freir en parrilla a cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y adorable!... Estoy persuadido de que usted no está hecha para amar, sino para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado que no se atreve a levantar los ojos en su presencia.
—Prefiero las injurias... Está bien. Si usted hubiera hecho siempre lo mismo me habría evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuación de ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo y dar cuenta de lo que pasa a mi marido.