—¿Está así decretado?—pronunció él con entonación burlona..

—Sí; está así decretado—respondió ella con acento colérico.

Hubo una pausa.

—¿Y no tiene usted miedo—profirió él al cabo con lentitud—que acordándome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho padecer, y desesperado de poder lograr jamás de usted un poco de compasión siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina más espantosa?

—No; no tengo miedo—replicó ella con fiero orgullo.

—Hace usted bien: yo no me vengaré aunque...

—Puede usted hacerlo cuando guste—interrumpió ella impetuosamente—. Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo sé; pero ama mucho más a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no sólo daría con gusto su fortuna, sino también su vida. Puede usted dejarnos arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar los dos. Pero cuando él se halle en una oficina desempeñando el humilde oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercará para llamarle marido complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia podrá asomarse a los balcones y decir: «Esa pobre mujer que veis ahí con una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda»; pero no dirá, yo lo juro: «Esa que ahí va es una prostituta».

—¡Oh! ¡Eso es muy fuerte!—exclamó Castell.

—¡Sí, prostituta!—profirió ella recobrando la firmeza—. Porque es igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica.

—Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversación un giro demasiado romántico... La cesta al brazo... ¡Pero si eso es un folletín! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aquí no hay más que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma; que por obtener su amor sería capaz de todos los sacrificios, incluso el de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por entregas de los que excitan la cólera de las modistas.