—Concluyamos; yo no puedo estar más aquí—dijo ella.—Al mismo tiempo pude observar que se ponía en pie.
—Sí, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejaré de pretenderla, no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen. Alejado de usted esperaré con paciencia la ocasión, y cuando llegue, de nuevo me encontrará usted en su camino ofreciéndole este pobre corazón que usted ha ultrajado tanto.
—Está bien. Adiós.
Castell también se había puesto en pie. Más por las palabras de Cristina que porque realmente lo viese, comprendí que trataba de sujetarla.
—¡Suélteme usted!
—Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece. Déjeme usted besar esos ojos incomparables.
—¡Suélteme usted!—repitió ella con energía y forcejeando.
—He renunciado a todo—dijo él con enérgico tono también, aunque reprimiendo la voz—; pero le juro a usted que no renuncio a este beso aunque me costase la vida.
—¡Suélteme usted, o grito!
—Grite usted cuanto quiera. Si usted está decidida a provocar un escándalo y dar quizá la muerte a su marido por este beso, yo también lo estoy.