En aquel momento penetré en la glorieta y le puse la mano sobre el hombro.

—¡Qué es eso!... ¿Quién va?—exclamó dando un salto que le apartó largo trecho de Cristina.

—No hay que asustarse; soy yo.

—¿Y quién es usted?—replicó sacando un revólver y apuntándome.

—Guarde usted esa arma para los ladrones o téngala prevenida para cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la honra y la dicha. Aquí no hay ladrones ni traidores.

—Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un látigo sería más adecuado que un revólver—profirió con acento sarcástico.

—Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasión más oportuna. Nadie se dedica aquí a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las trae a los oídos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado la tristeza de penetrar en los rincones más sucios y lóbregos de la conciencia humana.

—¡Miente usted!—exclamó avanzando hacia mí frenético.—Usted nos estaba espiando. ¡Qué habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted que barrer tanta inmundicia de sí mismo! Nos estaba usted espiando, lo repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. ¿Con qué derecho sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta familia, no siendo otra cosa que un advenedizo?

—Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro—repliqué con calma—. Por lo demás, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los de las corrientes del Océano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo.

Entonces él, tomando quizá mi calma por cobardía, o por ventura ganoso de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarró con furia de la solapa y, sacudiéndome y metiendo su rostro amenazador por el mío, me gritó: