—Sí, señor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a tolerarlo. ¿Lo oye usted? Sí, señor, le he ofendido a usted, ¿y qué? ¿No está usted aún satisfecho con esta ofensa? Pues ahí va otra...
En el aire cogí su brazo. Le sujeté el otro también y, bien agarrotado, pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas sacudidas y le encajé las espaldas entre el follaje de la glorieta.
Una voz sonó en mis oídos.
—¡Déjelo usted, Enrique, déjelo usted! No exponga su vida por un cualquiera.
Quedé estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solté la presa y, volviendo la cabeza, contemplé delante de mí la figura virginal de Isabelita. Sí, ella era. Sí, ella había proferido aquellas palabras.
—Muchas gracias—le dije sonriendo.
Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigió una mirada. Con el semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tomó por una mano y le sacó de la glorieta.
XIV
CRISTINA estaba sentada y tenía el rostro oculto entre las manos. Me acerqué a ella.