—Perdone usted que haya entrado aquí. No fuí dueño de contenerme.

—Ha hecho usted bien; gracias—murmuró sin cambiar de actitud.

Guardamos silencio. Alzándose bruscamente, exclamó:

—¡Vámonos! ¡vámonos!

Y salió de la glorieta y se dirigió precipitadamente hacia la casa. Yo la seguí; pero uniéndome a ella en seguida le hice presente la conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteración a Emilio. No me respondió: cambió de dirección encaminando sus pasos por una calle estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas conseguía penetrar. Marchaba delante de mí con pie ligero. Pronto la perdí de vista. Me detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tomé este último partido, por el temor que me asaltó de que tropezase nuevamente con Castell.

Apreté el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabellón que llevaba su nombre. Me acerqué y le aconsejé que se reposara un momento allí.

El salón, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofrecía en aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de mármol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trágicas o amenazadoras.

Cristina se dejó caer en un sofá y yo me senté a su lado. Permanecimos silenciosos largo rato.

—Cuando por primera vez—dije al cabo—tuve el gusto de entrar en su casa creí ver una imagen abreviada del paraíso. Alegría, cordialidad, dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. ¿Le sorprenderá a usted si le digo que entre el follaje de tantas alegrías vi también asomar la cabeza de la serpiente?

—No lo dudo—respondió ella en actitud pensativa, mirando al cielo por los cristales.