—Si no la hubiera visto, me bastaría observar ciertas señales de su rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro del alma. ¡Qué feliz me hubiera usted hecho confiándome sus inquietudes! Soy un amigo reciente, lo sé; pero el afecto que tanto usted como Emilio me inspiran no puede ser más sincero.

—Gracias, gracias, Ribot—murmuró.—No era posible.

—No era posible, en efecto... ¿Cómo había de ser cuando no tuve acierto para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza. Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdón...

Como si estas palabras despertasen en su espíritu alguna inquietud, se alzó del asiento, levantó una cortina que se había desprendido del alzapaños, cerró el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez.

—Por lo que he oído—le dije después de una pausa—, Castell tiene medio de hacerles a ustedes daño.

—Nuestra fortuna entera está en sus manos.

—¡Cómo!

—Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos bien ruinosos.

—Y él se lo fué dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus obsequios.

—Es posible... Sin embargo, Castell es más comerciante aún que enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretendía, el negocio seguiría su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueño absoluto de la empresa de vapores.