—Supongo que después de las palabras que he podido oirle hace un momento se abstendrá de apoderarse de ella.

—No lo sé.

—Quedó unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma, profirió con voz sorda:

—El día que Emilio y yo nos casamos fuí a mi cuarto después de la ceremonia para mudarme de traje. Nos marchábamos a Madrid a pasar algunos días. Cuando bajaba tropecé con ese hombre en la escalera. Me detuvo dirigiéndome algunas frases galantes y me pidió un ramito del azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por vergüenza... por temor... Desde el primer momento me fué repulsivo. Más tarde, cuando estábamos en la estación, al darme la mano para despedirnos, me dijo casi al oído: «Si algún día llega usted a cansarse, acuérdese de que tiene amigos que la admiran tanto o más que él.»

—¡Qué insolencia!

—No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco después. La amistad que les unía era tan estrecha que me acobardaba el romperla. ¡Cuántas veces me he preguntado desde entonces sí habré hecho bien o mal!

—¿Y usted no le trataba antes íntimamente?

—Sí y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo allí unos días y bailé con él en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me declaró su amor. Yo tomé aquello por lo que era: un entretenimiento de forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se marchó de Denia y de España y estuvo cerca de dos años viajando. Cuando regresó estaba para casarme con Emilio: faltaban sólo unos quince días para la boda.

—La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y dándole poder para causarle todavía algunos disgustos.

No respondió. Quedóse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en mí sus grandes ojos con interés: