—Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos más que de mis disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener.

—¡Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme desengañado a tiempo. Además, siempre he sospechado que esa niña estaba enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeñasen en lo contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco sentía un amor muy entrañable.

—Entonces, ¿por qué se casaba usted con ella?

—Porque... porque... no sé por qué... es decir, sí lo sé y usted lo sabe también; pero hay cosas que ni aun a mí mismo las quiero confesar.

Estas palabras causaron en su rostro visible turbación. Quedó repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su frente aquella temida arruga de marras.

—No, Cristina, no—me apresuré a decir con vehemencia—; le ruego que no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he caído también; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jamás la traición halló abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que no las utilizaría para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia.

El acento acalorado, la expresión sincera con que pronuncié estas palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de asombro.

Su frente se desarrugó y una dulce sonrisa se esparció por sus labios.

—Sí, ya vengo observando que es usted más original de lo que en un principio imaginé. Vale más así.

Y al decir esto me tendió graciosamente su mano, que yo estreché con tanto respeto como efusión.