En aquel instante una sombra salió por detrás de nosotros y se plantó delante diciendo:

—Buenas noches.

Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento.

—¿Tú aquí, Emilio? Creí que ya estabas acostado—dijo aquélla recobrándose instantáneamente.

—No, no me acosté. Sentía calor como vosotros y salí a dar una vuelta por el jardín. Oí ruido de conversación y entré.

A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos en su actitud y su acento algo extraño que nos causó fuerte inquietud.

—La noche está muy hermosa—siguió, comenzando a pasear por la habitación con las manos en los bolsillos—. El mes de septiembre no le ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco de fresco. No tengo ningún deseo de irme a la cama.

Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.

Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una tristeza ansiosa.

Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano sobre el hombro: