—Vámonos ya a casa.

—Como tú quieras—respondió él secamente.

Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba. Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y enérgica explicación y descubrir lo que pasaba.

Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la marquesina de cristales que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo.

—Vaya—les dije con afectada indiferencia—, ustedes a la cama y yo a la ciudad.

—¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?—preguntó tímidamente Cristina.

—No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas noches.

Fuí a dar la mano a Emilio.

—No—me dijo con inusitada gravedad—; voy a acompañarte hasta la puerta de la finca. También me apetece dar un paseo.

Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida, con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para indicarle que podía fiar en mí.