Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos, prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto, al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió:

—Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se afianza con la gratitud.

—Tienes razón—respondí—. Hasta ahora he procurado cumplir con esa obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu honor. Entiende sin embargo, que Cristina...

—No hablemos de Cristina—interrumpió clavando sus ojos en los míos con firmeza—. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras.

—Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa.

No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz temblorosa:

—Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he disfrutado.

—Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo—respondí—. Mañana a primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos. Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún día necesitases de mí, para todo me ofrezco.

—Gracias, gracias, Ribot—murmuró conmovido.

Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la mano, y sin extenderle la mía salí al camino.