—¡Para!

Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:

—Buenas noches, don Julián.

Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al bolsillo, exclamó:

—¡Si es una agresión, cuidado!

—No; no es una agresión—repuse yo levantando la mano en señal de paz—. Es que quiero hablar con usted.

—Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé—dijo orgullosamente.

—Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento—repliqué.

Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la portezuela y dijo fríamente:

—Entre usted.