Me coloque frente a él. El carruaje partió.
—Deseo saber—pronuncié al cabo de un momento—si ha sido usted quien avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.
Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:
—No entiendo lo que usted me dice.
Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:
—Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver jamás.
—Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de siempre.
—Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.
—¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?—preguntó en el colmo de la sorpresa.
—Sí, señor.