—¿Y por qué ha hecho usted eso?

—Por gusto.

Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:

—Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra. Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco, me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»

La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a poco una sonrisa.

—Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad sobre la tierra que poseer lo que se desea.

—¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?

Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:

—Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.

—¿No hay bien ni mal entonces?