—En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas. Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían, abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando alegremente.

—Pero nosotros tenemos conciencia.

—La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla; pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares más bellos y más nobles de la humanidad.

—Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad—repliqué con acento irónico—. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su propia mujer y no con la de otro?

—¡De otro!... ¡de otro!—pronunció sordamente—. Una convención como todo lo demás.

Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla. Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.

—La virtuosa Draudpadi—comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos del paisaje—, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores. ¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo? El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.

—¡Que termine como quiera!—exclamé con ímpetu—. Ahora y siempre el causar voluntariamente un dolor será pecado.

—No sea usted niño, Ribot—repuso con suficiencia irritante—. No hay más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.

No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras casas de los arrabales.