—Tenga usted la bondad de hacer parar—dije—. Me quedo aquí y mañana saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis enemigos. Pare usted.

Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo fríamente:

—No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del mundo que les rodea.

El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.

—Adiós, Castell—le dije sin darle la mano—. Siga usted hacia esa región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste pero más honrada.

Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí dulcemente apretando estas hojas en la mano.

XVI