OTRA vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga, quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz baja la despedida de El Grumete:
Si en la noche callada
sientes el viento, etc.
Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lágrimas como los de una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandonó en esta vida.
Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se había casado con Isabelita Retamoso. ¡Buen provecho! Más adelante tuve noticia por el mismo de que la Compañía de vapores se había deshecho y que ambos socios sostenían un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclamé con íntima alegría:
—Arruinado tal vez ¡pero deshonrado, no!
Aquel amigo me miró con sorpresa, y me costó no poco trabajo evadir una explicación. ¿En este gozo no entraría por algo el amor propio satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y sé que ni los santos pueden prescindir enteramente del amor de sí mismos. Por último, al regreso de Hamburgo en cierto viaje, hallé en Barcelona una carta que me esperaba hacía algunos días. Era de Martí, aunque escrita por otra mano. Me decía que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y me invitaba con frases en extremo cariñosas a que le hiciese una visita, en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aludía tampoco al desabrimiento que habíamos tenido, quizá por no iniciar al amanuense en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa.
Inmediatamente tomé el tren de Valencia. Entré en esta ciudad anocheciendo, al año y tres meses de haber salido. Me alojé en el hotel que solía. Su huésped me recibió con muestras de afecto y me enteró, sin que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y Martí. Este se hallaba arruinado. Había perdido la participación que tenía en la línea de vapores, con la cual se había quedado su socio. Conseguido esto, como aún no quedase resarcido del capital prestado, Castell traspasó los restantes créditos. Los tenedores le subastaron todas sus propiedades, incluso la del Cabañal y hasta la casa que habitaba en la calle del Mar.
—Con todo eso—terminó diciendo mi huésped—, si al cabo don Emilio gozase de salud, como es joven todavía, muy trabajador y tiene gran cabeza para los negocios, es fácil que se repusiera... Pero el pobre está muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos me dicen que su enfermedad es de muerte.
Aquellas palabras me causaron impresión dolorosa. Nos llamaron a comer; pero aunque me senté a la mesa, apenas pude tomar alimento. Salí después con intención de ir a casa de Martí, que habitaba en un cuarto alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volví, temiendo molestarle a aquella hora o causarle una emoción que le impidiese descansar. Enderecé los pasos al domicilio de su cuñado Sabas, para que éste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo más conveniente. Me recibió su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan dulce, tan activa. Su marido idolatrado había salido ya.
—Estará en casa de Emilio—dije como cosa natural.