—¡Sí, bien pobre! Á la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste.
Acercó de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza motora siguió caminando.
—Lo peor de todo es que, según me han dicho, su enfermedad es bien grave.
No tuvo a bien responder a esta observación. Al cabo de un rato separó otra vez la pipa de la boca y quedó inmóvil.
—¿Le parece a usted, amigo Ribot—exclamó con acento de indignación—, que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su capital y a dejar a esta familia en la miseria?
Alcé los hombros sin saber qué contestar, sospechando que Sabas se incluía entre los miembros más respetables de aquella familia arruinada.
Volvió a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en comunicación con la corriente eléctrica, adquirió movimiento. No tardó en interrumpirlo sacando aquélla de la boca. Hizo rápidamente la limpieza de la máquina escupiendo y prosiguió:
—Comprendo perfectamente que un hombre célibe disponga como quiera de sus recursos; que un día se levante de la cama de mal humor y arroje por el balcón todo lo que tiene. Al cabo, nadie más que él pagará las consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me parece una conducta, no solamente necia, sino también inmoral.
Ya no dudé que Sabas incluía entre aquellos compromisos sagrados el de seguir proporcionándole a él los medios de someter a su dominación todas las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano, y por no decir algo impertinente determiné callarme. En esta forma, usando de la pipa como de un manipulador de máquina eléctrica para detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulación raudales de sabiduría crítica, alcanzamos finalmente la casa en que habitaba su cuñado.
No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero sí nueva y de aspecto elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos. Salió a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un grito de sorpresa: