—¡Oh, don Julián!

—¡Silencio!—exclamé llevando el dedo a los labios.

Y apoderándome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubrí en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibió ella tan en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo.

Oí la voz de Cristina.

—¿Qué es eso?

Y asomó por el fondo del corredor. Al verme quedó suspensa, pero reprimiéndose al instante se dirigió con paso precipitado hacia mí tendiéndome ambas manos con ademán cariñoso.

—¡Oh, capitán! ¡Mi pobre Emilio se muere!

Vi sus ojos nublados de lágrimas. Apreté con efusión aquellas hermosas manos que me tendía y murmuré algunas palabras de duda. Quizá sus temores fuesen exagerados. Emilio había gozado siempre poca salud; pero esta clase de temperamentos suelen durar muchos años. Pregunté si podía vérsele a aquella hora, y habiéndome respondido afirmativamente, me dispuse a entrar. Cristina no me lo consintió sin prepararle antes. Estaba muy nervioso y aquella emoción podía hacerle daño. Mientras iba a cumplir este deber piadoso, Sabas aprovechó la oportunidad para tenderme su negra mano de colono asiático y despedirse con la expresión enérgica y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que aún estaba abierta, le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la desolación y el llanto para la contralto.

—¡Que pase, que pase al momento!

Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todavía vigorosa. Me dirigí precipitadamente hacia el sitio donde había sonado y entré en una estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia de la decoración del techo y las paredes. Estaba reclinado en una butaca, con dos almohadones detrás de la espalda, vestido con elegante traje de casa. La luz de un quinqué le hería de lleno el rostro, donde podían observarse bien claras y bien aciagas las señales de la tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, más hermoso y más interesante que nunca lo había visto. La barba más crecida y los cabellos también, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos negros melancólicos, le daban un aspecto de Nazareno. Aquellos ojos brillaron al verme con su expresión inocente y cordial. Se apoderó de mi mano, y estrechándola cariñosamente entre las suyas, repitió en voz baja varias veces: