—¡Capitán! ¡capitán! ¡capitán! ¡Qué bueno eres!

Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar.

—¿Cómo me encuentras? Muy mal, ¿verdad?—preguntó al cabo de largo silencio.

—Espera que te vea mejor—respondí haciendo un esfuerzo sobre mí para ocultar la emoción que me dominaba.

Al mismo tiempo acerqué el quinqué a su rostro y fingí que le examinaba con gran atención.

—¿Sabes lo que tienes tú?—dije al cabo—¡Morriña!

—¿Qué es eso?—preguntó abriendo mucho los ojos.

—Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad que excede de cincuenta céntimos.

Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una mirada de alegría exclamó:

—¡El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no.