Comprendí que lo más piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice de tripas corazón y abrí la llave de las payasadas, ya que no puedo decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su rostro se animó, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlábamos con la misma alegría que si estuviese completamente sano y no hubiese perdido un céntimo de su capital.
Cristina nos contemplaba con sonrisa melancólica. Sentíase feliz viendo a su marido animado, aunque entendía que no podía durar mucho tiempo.
En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente nuestra charla. Se quedó lívido, medio asfixiado, apretando la cabeza entre las manos.
—El frío de la noche te hace daño, Emilio—dijo Cristina—. Es hora ya de que te retires a descansar.
Alzó la mano, haciendo con ella enérgicos signos de negación. Cuando se calmó el acceso y pudo hablar, exclamó:
—¡No me lo llevéis todavía! Me siento mucho mejor. El capitán es una bocanada de oxígeno: me trae el aire puro del mar.
Permanecí otra media hora más por darle gusto. Al cabo me retiré, no sin haberle prometido volver al día siguiente por la mañana. No quise entrar a ofrecer mis respetos a doña Amparo. Tuve noticias por Sabas de que había tomado la resolución, hacía algunos días, de desmayarse en cuanto veía la cara de cualquier amigo. Como la hora me parecía intempestiva para la producción de este fenómeno orgánico, lo diferí para otra más adecuada.
Cristina salió a despedirme a la puerta.
—¿Cómo le encuentra usted?—preguntó clavando en mí una mirada ansiosa.
—No le encuentro bien... pero todavía hay hombre... ¡Quién sabe! ¡quién sabe!