Nadie dejaba de saberlo. Ella también lo sabía; pero buscaba la infeliz algún medio de ocultárselo.
Me retiré con la cabeza aturdida y con el corazón destrozado. Aquel esfuerzo que había hecho por aparecer jovial trastornó mis nervios y no me dejó dormir. ¡Pobre Martí! Nunca me pareció tan bondadoso, tan inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la más insignificante alusión al proceder traidor de su amigo Castell ni a la manera inhumana con que le había arruinado. Y en los días sucesivos, lo mismo. Su alma no sólo sabía evitar la basura como los pies de las damas elegantes, pero ni aun creía en ella.
Escribí a la casa armadora haciéndola saber que por razones de salud me quedaba aquel viaje en tierra y me constituí en acompañante y enfermero de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de él. Cuando lo hacía observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a quedarme. Cada día iba perdiendo fuerzas, le observaba más demacrado y caído. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponían su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico. Cristina le frotaba las sienes con éter. Pero en cuanto salía de ellas, como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra cuando menos lo esperaba sano y salvo, se ponía locuaz y alegre y nos aseguraba que muy pronto podría salir a la calle y encargarse de sus negocios.
¡Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le habían podido arrancar la manía de los proyectos y la afición a las grandes empresas industriales.
—¡Si supieras, capitán, la idea que está bullendo hace días en mi cerebro!—me decía una vez clavando en mí sus ojos cándidos y sacudiendo la melena—. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince kilómetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el río. Con este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda doscientos en la tracción, aún me quedan ochocientos, que, bien distribuidos, moverían casi todas las industrias de la ciudad y darían luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economía enorme, y para el dueño del salto resultaría un negocio brillante. Porque verás...
Aquí pidió papel, sacó un lápiz y se puso a trazar números con el mismo ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran máquina eléctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de Valencia, a éste tantos caballos, a aquél cuántos, como si la tuviese almacenada en casa.
Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos con ella cuanto había que decir. En otro tiempo esta manía era un peligro. Hoy podía servirle de consuelo. Así que, en vez de contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emoción y salió precipitadamente de la estancia. Yo seguí admirando calurosamente su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegué a prometerle mi pequeño capital para la empresa. Con esto su alegría subió de punto. Pero cambiando repentinamente de expresión, apoderándose de una de mis manos y mirándome con tristeza esclamó:
—¡No, Ribot, no!.. Por más que el negocio sea bien claro, yo tengo muy mala suerte... No expondré tu capital.
—No hay exposición—repliqué.—Te lo cederé de buen grado, porque me parece que el negocio ofrece seguridad.
—¡Absoluta seguridad!—profirió con acento de convicción inquebrantable que en otra ocasión me hubiera hecho sonreir—. Pero no te daré participación en él hasta que marche y empecemos a repartir dividendos.