¡Pobre Martí! Él era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se hundían, el círculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las noches tosiendo y los días atormentado por dolores y disneas.
Con esto, los desmayos de doña Amparo eran cada vez más frecuentes y prolongados. Su sensibilidad se había sobrexcitado de tal modo que el aleteo de una mariposa le hacía caer en convulsiones de las cuales no podía recobrarse sin cubrir de besos y lágrimas previamente el rostro de todos los presentes. A mí, por ser el amigo más constante, me tocó la mayor parte de estas inundaciones.
Sabas venía todas las mañanas a las once, antes de dar el acostumbrado paseo entre calles y tomar el vermouth. Si el médico había dicho que el enfermo tenía menos fiebre (y lo decía a menudo para infundirle aliento), ya teníamos á nuestro elegante tan satisfecho que para celebrarlo no podía menos de almorzar en el café y marcharse luego de jira con algunos amigos de ambos sexos.
Nos acercábamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado constantemente en hacer cálculos y trazar proyectos. Aun en medio de la noche pedía papel y garrapateaba cifras.
—La semana que viene creo que podré salir a la calle—me dijo una mañana—. No tengo nada ya. El dolor de los riñones ha desaparecido, la lengua está casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un paseo largo.
Y para comprobar sus palabras se alzó de la butaca y dió algunos pasos por la estancia.
—Voy al comedor—dijo abriendo la puerta—. ¡Verás qué sorpresa doy a Cristina!
Echó a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me quedé mirándole desde la puerta de su habitación. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz vaciló un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cayó cuan largo era sobre el pavimento.
Han pasado algunos años desde entonces y aún no se me ha borrado del alma la sonrisa melancólica y avergonzada que me dirigió al acercarme.
—¡Esto va mal, capitán!