Lo levanté y lo transporté en brazos a su butaca. Pesaba menos que un niño. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia, convenciéndole fácilmente de que aquella debilidad dependía sólo de la falta de alimento. En cuanto empezase a comer más acudirían las fuerzas rápidamente y daríamos largos paseos por la huerta como antes.

Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase ilusiones respecto al desenlace, todavía observaba en ella cierta ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme inquietud. Pensaba, sí, que la enfermedad era de muerte; mas por las palabras que salían de su boca advertía yo que juzgaba el término fatal muy lejano. Yo lo veía más próximo.

Y aún estaba más cercano de lo que presumía. Al día siguiente de su caída en el pasillo fuí a verle entre diez y once de la mañana. Contra su costumbre, todavía no se había hecho vestir. Decía que se hallaba un poco fatigado a causa de la tos. Yo le embromé achacándolo a pereza y me senté a su lado. Charlamos de política y de los sucesos locales que había leído en los periódicos. Le encontré, en efecto, más fatigado y con graves señales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso mostrábase locuaz y contento como siempre. Al fin determinó levantarse; pero antes convinimos en que tomase una tácita de caldo con jerez, que le daría fuerzas. Salió Cristina a prepararlo.

Pocos instantes después el enfermo cayó en un ataque de disnea de los que a menudo le acometían. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y comencé a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no tardaría en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qué, me sentía ahora más turbado. El corazón me latía fuertemente viendo aquel rostro tan pálido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando angustiosamente el aire. A medida que transcurrían los segundos mi zozobra aumentaba. El miedo se apoderó de mí y llevé la mano al botón del timbre. Pero en aquel instante Martí abrió los ojos y sonrió con dulzura. Me tranquilicé y le dije:

—¡Ánimo! Ya pasó.

—Abre ese balcón. No veo bien—me respondió.

Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcón estaba abierto. Sin embargo, hice ademán de complacerle; mas al tratar de apartarme se apoderó de una de mis manos:

—¡Ribot! ¡Ribot!—gritó clavando en mí sus ojos desencajados—. ¡No te vayas...! ¡Me muero...! ¡No te vayas!

Se había incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada cambió de expresión repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobló la cabeza como si estuviese descoyuntada y cayó, pesadamente, hacia atrás.

El horror, la estupefacción me dejaron un instante inmóvil, clavado al suelo. Pero volviendo sobre mí tomé su cabeza entre mis manos y, apretándola contra el pecho, le grité, a mi vez: